Quiero ser orfebre

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Entrevista a Heber Farias

La orfebrería es milenaria. Desde la prehistoria, se han elaborado piezas en oro y plata, ya sean vasijas, adornos, alhajas y monedas, según el estilo y la ornamentación de cada época. Y así hasta nuestros días. Un arte donde la paciencia, el buen pulso y la estética juegan un rol predominante. Algo de lo que sabe muy bien Heber Farías, artesano que supo llevar la orfebrería uruguaya a su máximo esplendor, con más de 35 años de docencia. Un lujo. Un hombre sumamente cálido, de sonrisa franca,  que abrió las puertas de su taller en Punta del Este para contarnos su historia.

Por Ana Mola

Una tarde recibí el llamado de una amiga que me dice: Ana, tengo una nota para la revista increíble, es sobre un orfebre, Farías, lo conocés? Mi respuesta fue negativa. Días más tarde me invita al taller. Que vaya a conocerlo. A lo que accedo. Coordinamos para el jueves siguiente. Llegué sobre las cuatro de la tarde, minutos antes de que terminara una de sus clases, así podía ver “el movimiento”. Todavía era una día frío, antesala de la primavera. Un paredón de madera impedía ver el interior. Quizás un poco adrede o quizás para mantener cierta intimidad, si bien no se encuentra ubicado en una calle muy transitada. Y es recién cuando traspasás esa puerta, medio desvencijada, cuando cambia el mundo. Apenas en un chasquido de dedos.

Farías te recibe con una sonrisa genuina y un abrazo franco, entre alumnos que reclaman su atención, con una pregunta, una duda o consejo. Una gran mesa de relojero es el alma del taller, donde se desparraman en su propio orden y desorden: anillos a medio hacer, limas, plaquetas, oro, plata, pinzas, piedras, herramientas; y desde donde se trabaja incansablemente las tres horas que dura la clase. 

El taller tiene apenas unos metros cuadrados, pero más que suficientes para Farías y sus alumnos. Todo parece estar sincronizado. Uno se levanta, otro se sienta; uno utiliza el torno, otro el fuego; otro prepara una taza de té. Y por ahí discurren sus tardes. Salvo que al irse se llevan en pequeños envoltorios las piezas creadas: verdaderas obras de arte, cada una con un sello personal que las identifica y las diferencia sobre el resto. Lo comprobé. Y puedo dar fe de ello. Para un maestro, seguramente, eludir las semejanzas en el proceso creativo de sus alumnos, debe ser motivo de orgullo. Aquí más que asegurado. 

En la historia de vida de Farías la docencia siempre fue prioridad. Ya desde los seis años, cuando se enfrentó a sus padres diciéndoles: “Quiero ser maestro”, y lo logró, aún frente a la negativa de sus progenitores que deseaban que se dedicara a las tareas rurales. “Toda mi vida hice lo que me gusta –comenta- y ése, es un elemento formidable para desempeñar tu profesión con amor. Si lo hacés con pasión, difícilmente te vaya mal.” Más de 35 años de docencia avalan que estaba en lo cierto. 

Su primer vínculo con la orfebrería fue en su Cerro Largo natal: “Me dedicaba al fútbol profesional, vivía en un hotel y tenía horas libres. Desde Buenos Aires recibo un catálogo que proponía aprender relojería y joyería por correspondencia, y así fue. Envié los datos, me mandaron el programa y comencé de forma autodidacta…y me enamoré. Tenía 19 años. Después me presenté a un llamado a concurso para la Feria de Libros y Grabados. La verdad es que en la vida empezás algo… y nunca sabés por dónde vas a seguir. Te sorprende. Cuando recibo la notificación que había quedado seleccionado con felicitaciones con las tres piezas que presenté basadas en la línea constructiva de Torres García, pensé que no estaba tan disparatado. Que había un camino. Sin lugar a dudas éstas piezas me abrieron la cabeza y me marcaron un antes y un después. Fueron muy artesanales, no contaba con las herramientas, después empecé a crecer,  a fabricar para clientes y joyerías. Siempre me interesó salir de la línea de la orfebrería clásica, que es lo que enseño  -gran paradoja-, porque para aprender el oficio es lo que se necesita, y después se puede jugar.”

Farías es locuaz. Habla mucho, y todas sus historias son fantásticas. Y la hora se pasa rápido. Ya casi sobre el final de la clase prometo volver. No voy a ser orfebre, seguramente. Pero es un mundo tan mágico, tan fantástico, y con un hombre tan maravilloso, que igual te dan ganas de pasar, saludar, tomar una taza de té, charlar con los alumnos, ver creaciones, y disfrutar un mundo diferente. Que existe.